No los encuentro.
Voy caminando hacia el colegio calle Granada arriba, en mi barrio, y veo a lo lejos una señora mayor, con las piernas ligeramente arqueadas y con cierta dificultad para andar. Se dirige hacia mí y yo salgo corriendo a su encuentro. Es mi abuela; que va a comprar el pan en la panadería de la calle Sevilla. Me agarra tiernamente de los mofletes con la dulzura que sólo a ella le caracteriza, percibo su olor inconfundible, me estampa un par de besos de gran reserva en la cara y me dice que soy el nieto más guapo del pueblo. Le digo que llego tarde a la escuela, pero ella me agarra del brazo y me lleva a la panadería para obsequiarme con una rica torta de chicharrones para que me la coma en el recreo. Me da otro beso y me voy a toda prisa.
Sigo andando con mi maleta por el viejo barrio en el que me crié y me doy cuenta de que mi mente miserable me ha traicionado. Mi destino no es el colegio, sino la estación de autobuses; y mi querida abuela ya no está. Tampoco están aquellos paquetes de cromos mágicos que el tío me dejaba cuidadosamente en el árbol de la puerta, y que yo inocentemente creía que aparecían por arte de magia cada mañana de verano.
Por mucho que busco en la vieja casa del abuelo, no termino de hallar el paradero de los colocaos y de los bollos de aceite que la abuela nos preparaba a todos a media tarde cuando llegábamos cansados después de jugar en la calle. Tampoco están las trepidantes aventuras de indios y vaqueros que con los palos de la carpintería del abuelo nos inventábamos en la cámara de arriba; ni los largos partidillos de fútbol disputados con el tío hasta que salía la vecina a increparnos; ni tampoco las arduas mañanas estivales haciendo deberes con la tía y el tío para que me dejaran ir a la piscina pronto.
Y ya me gustaría a mí estar al tanto del lugar donde se encuentran aquellas esperadas cajas de coches de juguete que el tío traía de Granada cuando volvía a casa por vacaciones universitarias.
Ahora el abuelo suele está de buen humor, y nos da dinero de vez en cuando. Menos mal que se sigue cagando en el Rey cada vez que su majestad pronuncia el pesado y tradicional mensaje navideño.
La inspiración para escribir estas líneas la he encontrado en una canción llamada “Inmigrante” del nuevo disco de M-Clan. Me quedo con la primera estrofa y con la última:
“Camino por las calles que una vez
guardaron mis secretos de niñez
y hoy no, hoy no, no los encuentro.”
“Y es que es verdad que el tiempo no te espera
hoy soy aquí solo un extranjero más
un inmigrante del desaliento.”
PD1: Este post es un regalito para una más que querida (y más valorada) paseante habitual del blog que dice que estoy loco de remate. Yo supongo que son los genes.
Sigo andando con mi maleta por el viejo barrio en el que me crié y me doy cuenta de que mi mente miserable me ha traicionado. Mi destino no es el colegio, sino la estación de autobuses; y mi querida abuela ya no está. Tampoco están aquellos paquetes de cromos mágicos que el tío me dejaba cuidadosamente en el árbol de la puerta, y que yo inocentemente creía que aparecían por arte de magia cada mañana de verano.
Por mucho que busco en la vieja casa del abuelo, no termino de hallar el paradero de los colocaos y de los bollos de aceite que la abuela nos preparaba a todos a media tarde cuando llegábamos cansados después de jugar en la calle. Tampoco están las trepidantes aventuras de indios y vaqueros que con los palos de la carpintería del abuelo nos inventábamos en la cámara de arriba; ni los largos partidillos de fútbol disputados con el tío hasta que salía la vecina a increparnos; ni tampoco las arduas mañanas estivales haciendo deberes con la tía y el tío para que me dejaran ir a la piscina pronto.
Y ya me gustaría a mí estar al tanto del lugar donde se encuentran aquellas esperadas cajas de coches de juguete que el tío traía de Granada cuando volvía a casa por vacaciones universitarias.
Ahora el abuelo suele está de buen humor, y nos da dinero de vez en cuando. Menos mal que se sigue cagando en el Rey cada vez que su majestad pronuncia el pesado y tradicional mensaje navideño.
La inspiración para escribir estas líneas la he encontrado en una canción llamada “Inmigrante” del nuevo disco de M-Clan. Me quedo con la primera estrofa y con la última:
“Camino por las calles que una vez
guardaron mis secretos de niñez
y hoy no, hoy no, no los encuentro.”
“Y es que es verdad que el tiempo no te espera
hoy soy aquí solo un extranjero más
un inmigrante del desaliento.”
PD1: Este post es un regalito para una más que querida (y más valorada) paseante habitual del blog que dice que estoy loco de remate. Yo supongo que son los genes.


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